Su paso era ligero aunque demasiado lento para alguien de su edad. Los pinchazos en el corazón eran cada vez más agudos y constantes.
- ¡Deténgase!
Grito una voz a su espalda, pero él, continuo. Corrió y corrió hasta que sus piernas no pudieron más y tropezó. El estruendo resonó en aquel callejón, escasamente iluminado por un par de viejas farolas, como si se tratara de una bomba.
- No debiste hacerlo Mackalister.
- Tenia que intentarlo Susan.
Le temblaba el pulso. Ante él se encontraba aquella feme fatalle con un arma entre las manos.
Desde el principio sabia que todo seria en vano. Era preso de su propia creación y ahora… jamás podría escapar.
- Dame al niño.- Le ordeno la mujer.- O te matare.
- Jamás. No puedes eliminarme, sin mi no encontrareis jamás a ese muchacho.
- Te equivocas maldito viejo. Has sido como una escurridiza rata todo este tiempo pero ahora…- Meneo la cabeza de lado a lado chasqueando los dientes.-… te has pasado idiota, y ahora ellos no están aquí para protegerte.
- Susan… por favor.
- ¡Ahora mando yo estupido!
Sus delicadas manos coloraron el arma y apuntaron con firmeza.
- Susi… piénsalo bien, me necesitas
- ¿Necesitarte? ¿para que? Ya todo es cosa del pasado inútil. Te utilice, te mentí… yo nunca te quise.
El sonido del seguro salto y…
- Susi amor…
- ¡Ya no!
¡PUM! Un disparo entre las cejas termino con la vida del doctor Alfred Mackalister.
La luz que desprendía el Chevy Camaro de 1969 en la entrada del bar hipnotizaba a Tesi como una mosca a un tonto. Las lúgubres calles de New Bangöung se humedecían con cada gota de lluvia que caía del cielo mientras el resto del mundo vivía los infortunios de las revoluciones militares. En todos los puntos del globo terráqueo la vida se encontraba amenazada por distintas razones. Las guerras acompañadas de fuertes regimenes dictatoriales, las sequías, la deforestación, la grave crisis económica, la censura, las nuevas armas bacteriológicas, el terrorismo, el hambre, las epidemias y el resto de catástrofes que trajo consigo el fin de la Tercera Guerra Mundial. Eran tiempos difíciles en los cuales el hombre solo pedía sobrevivir para ver otro triste amanecer.
La puerta metálica del bar saco a Tesi de su mente. Un hombre mayor, gordo y sin un pelo en la cabeza salio borracho mientras se sujetaba a la cintura de una joven prostituta. No tendría más de 16 años, pero en aquellos días nada importaba. La muchacha, de rubios cabellos y demasiado maquillaje en la cara, guiaba al hombre a la entrada de un motel donde se ganaría algo de dinero.
miércoles, 6 de enero de 2010
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