
“Mira tus manos Manuela”, pensó envuelta entre sus sabanas, “míralas y observa los estragos del tiempo. Las arrugas, las manchas, los callos, la delicada malformación de tus manos…míralas.” Y hay permaneció Manuela, cegada por la oscuridad de la noche observando sus envejecidas manos. Ya nada quedaba de aquella dulce muchacha de veinte años que aspiraba el olor del césped mojado. Su cuerpo no era el mismo, había cambiado, cinco partos y una vida de trabajo habían borrado la belleza de sus poros pero… ¿Qué importaba? Sus ojos eran los mismos, sus ideales, sus ambiciones y…
Manuela escucho el leve susurro de su marido. Dormía, a su lado, como cada noche desde hacía más de cincuenta años. El también había cambiado pero sonrió. “Manuela el corazón, eso sigue igual vieja, sigue latiendo con cada respiración”
Manuela escucho el leve susurro de su marido. Dormía, a su lado, como cada noche desde hacía más de cincuenta años. El también había cambiado pero sonrió. “Manuela el corazón, eso sigue igual vieja, sigue latiendo con cada respiración”

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