
¿Quién me lo iba a decir?
Las notas de música bailaban en el aire, juguetonas y traviesas como pequeñas ninfas en busca de un pobre escritor al que perturbar con sus viciosas fantasías. Me tumbo en el suelo y las noto recorrer mi cuerpo, siento sus lenguas lamer mi piel a la espera de un grito de satisfacción.
¡NO!
Me muerdo los labios y aguanto. No les daré ese placer.
De repente miro mis manos. Son de gelatina. Se mueven lentas y discordantes al ritmo de la canción que envuelve la habitación en la que me encuentro. Las drogas empiezan a hacer efecto. Aun noto su sabor en mi lengua, como el éxtasis se deshace poco a poco mientras ella baila, baja, sube, mueve las caderas y las manos para luego dejarse caer sobre un colchón en el suelo. Un trozo de pintura me cae en la frente. Las paredes se desquebrajan sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.
¿Quién me lo iba a decir?
Se acerca. Me besa. Me mira y se ríe. Aun no la comprendo, no se que piensa, que le gusta o que odia. No conozco su nombre, su edad o si tiene familia pero la amo. Me acaricia con su pelo corto y sus yemas recorren mi pellejo pintándolo de un color azul celeste. ¿Será cosa de las drogas? Que más da.
Respiro despacio e intento sentir el latido de su corazón.
¿Quién me lo iba a decir?
Aspiro la brisa que me cubre sutilmente como un velo de seda negra que venda mis ojos. No veo nada ¿será que mis parpados están cerrados? Procuro abrirlos, no una, ni dos, ni siquiera tres veces, son tantas las oportunidades que pierdo la cuenta en la undécima vez.
De repente, y sin previo aviso, mi dríada se acerca y hace honor a su leyenda. Sus brazos comienzan a rodearme para unirse a mi, su árbol, para anudar su vida con la mía.
Me siento dichoso, alegre como un niño al que le regalan el juguete que tanto anhelaba. Y entonces algo pasa. El tiempo se detiene y mis recuerdos no son más que burbujas en una bañera oxidada. Me deshago de mi vendaje e intento adaptarme a la luz.
Estoy en un mundo extraño. Que no conozco. Como Alicia cuando persiguió al conejo encuentro una caja de forma insólita donde unas pastillas me piden a gritos que las pruebe, que las devore como un animal hambriento.
¿Quien me lo iba a decir?
No me resisto ¿Por que hacerlo? Me dejo llevar por el falso instinto y cojo una. La miro y examino con cuidado esperando alguna razón para no hacerlas caso, pero no la encuentro.
La engullo y me tumbo en el suelo de nuevo. Mastico y mastico al mismo tiempo que percibo como se parte en trozos cada vez mas pequeños, luego se transforma en una masa, viscosa, delicada, sabrosa. Se traslada a través de mi garganta con más facilidad que una cascada de agua fresca. Llega a mi estomago y allí su efecto empieza a ser latente.
El mundo da vueltas, rueda sobre si mismo como una perinola. Un hombre alto con el rostro cadavérico me observa como a una cobaya. Una mujer le da la mano. Es hermosa, tanto como ella, mi ninfa. Es baja, de pelo corto, castaño y suave, tan delgada como un esqueleto andante y atractiva como un ángel.
Cierro los ojos.
¿Quien me lo iba a decir?
Los vuelvo a abrir. Estoy de nuevo aquí, en la habitación que se cae a pedazos con cada sonido. Ella esta sentada en el suelo. Fuma despacio, con sus gafas de corazones como las de la Lolita de Vladimir Nabokov. Es pequeña como una niña e inteligente como una vieja zorra.
Su pequeña y redonda nariz empieza a moverse de un lado a otro y aparece de nuevo ese paréntesis que rodea sus finos labios al reír.
Me levanto. Despacio camino y entretanto el cosmos se esfuerza por detenerse y darme la oportunidad de disfrutar unas cuantas horas más. Las leyes de la física se ponen de mi parte y mientras ella chilla el tiempo se detiene, la ley de Newton no me afecta siempre y cuando mi sílfide me rodee con sus delgaduchos brazos y me enrede entre su boca.
Las notas de música bailaban en el aire, juguetonas y traviesas como pequeñas ninfas en busca de un pobre escritor al que perturbar con sus viciosas fantasías. Me tumbo en el suelo y las noto recorrer mi cuerpo, siento sus lenguas lamer mi piel a la espera de un grito de satisfacción.
¡NO!
Me muerdo los labios y aguanto. No les daré ese placer.
De repente miro mis manos. Son de gelatina. Se mueven lentas y discordantes al ritmo de la canción que envuelve la habitación en la que me encuentro. Las drogas empiezan a hacer efecto. Aun noto su sabor en mi lengua, como el éxtasis se deshace poco a poco mientras ella baila, baja, sube, mueve las caderas y las manos para luego dejarse caer sobre un colchón en el suelo. Un trozo de pintura me cae en la frente. Las paredes se desquebrajan sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.
¿Quién me lo iba a decir?
Se acerca. Me besa. Me mira y se ríe. Aun no la comprendo, no se que piensa, que le gusta o que odia. No conozco su nombre, su edad o si tiene familia pero la amo. Me acaricia con su pelo corto y sus yemas recorren mi pellejo pintándolo de un color azul celeste. ¿Será cosa de las drogas? Que más da.
Respiro despacio e intento sentir el latido de su corazón.
¿Quién me lo iba a decir?
Aspiro la brisa que me cubre sutilmente como un velo de seda negra que venda mis ojos. No veo nada ¿será que mis parpados están cerrados? Procuro abrirlos, no una, ni dos, ni siquiera tres veces, son tantas las oportunidades que pierdo la cuenta en la undécima vez.
De repente, y sin previo aviso, mi dríada se acerca y hace honor a su leyenda. Sus brazos comienzan a rodearme para unirse a mi, su árbol, para anudar su vida con la mía.
Me siento dichoso, alegre como un niño al que le regalan el juguete que tanto anhelaba. Y entonces algo pasa. El tiempo se detiene y mis recuerdos no son más que burbujas en una bañera oxidada. Me deshago de mi vendaje e intento adaptarme a la luz.
Estoy en un mundo extraño. Que no conozco. Como Alicia cuando persiguió al conejo encuentro una caja de forma insólita donde unas pastillas me piden a gritos que las pruebe, que las devore como un animal hambriento.
¿Quien me lo iba a decir?
No me resisto ¿Por que hacerlo? Me dejo llevar por el falso instinto y cojo una. La miro y examino con cuidado esperando alguna razón para no hacerlas caso, pero no la encuentro.
La engullo y me tumbo en el suelo de nuevo. Mastico y mastico al mismo tiempo que percibo como se parte en trozos cada vez mas pequeños, luego se transforma en una masa, viscosa, delicada, sabrosa. Se traslada a través de mi garganta con más facilidad que una cascada de agua fresca. Llega a mi estomago y allí su efecto empieza a ser latente.
El mundo da vueltas, rueda sobre si mismo como una perinola. Un hombre alto con el rostro cadavérico me observa como a una cobaya. Una mujer le da la mano. Es hermosa, tanto como ella, mi ninfa. Es baja, de pelo corto, castaño y suave, tan delgada como un esqueleto andante y atractiva como un ángel.
Cierro los ojos.
¿Quien me lo iba a decir?
Los vuelvo a abrir. Estoy de nuevo aquí, en la habitación que se cae a pedazos con cada sonido. Ella esta sentada en el suelo. Fuma despacio, con sus gafas de corazones como las de la Lolita de Vladimir Nabokov. Es pequeña como una niña e inteligente como una vieja zorra.
Su pequeña y redonda nariz empieza a moverse de un lado a otro y aparece de nuevo ese paréntesis que rodea sus finos labios al reír.
Me levanto. Despacio camino y entretanto el cosmos se esfuerza por detenerse y darme la oportunidad de disfrutar unas cuantas horas más. Las leyes de la física se ponen de mi parte y mientras ella chilla el tiempo se detiene, la ley de Newton no me afecta siempre y cuando mi sílfide me rodee con sus delgaduchos brazos y me enrede entre su boca.

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